Un nuevo imaginario para nuestra América

La pandemia del COVID-19 impacta en una América Latina ya golpeada por la crisis económica y por una ofensiva conservadora casi sin precedentes. Pero los pueblos se resisten a dar la pulseada por perdida, y los ejemplos de resistencia y construcciones alternativas proliferan por toda la región.

Mexican Lucha Libre wrestler Gran Felipe Jr. gives sanitizing gel to children as part of a local campaign to promote the use of face masks as a preventive measure against coronavirus on September 3, 2020 in Xochimilco, Mexico. Hector Vivas / Getty

A pesar del enorme avance científico y tecnológico desplegado por la sociedad a nivel mundial, vivimos tiempos de profunda incertidumbre. Tiempos que llegan incluso a hacer peligrar el equilibrio del metabolismo social y natural. La sociedad y su hábitat se encuentran hoy amenazados por su propio «desarrollo». Un «desarrollo» entre comillas porque es racionalmente irracional y contribuye a un proceso de autodestrucción. En el horizonte se vislumbra la tercera década del siglo XXI atravesada por una crisis mundial del capitalismo, crisis agravada por la pandemia del coronavirus. Urge un debate sobre el devenir histórico, y las posibilidades son dos: afianzar la ofensiva capitalista o emprender un camino alternativo de emancipación social.

La crisis capitalista en curso es multidimensional: abarca la economía, la política, la cultura. Tiene, además, manifestaciones ambientales y de impacto alimentario y energético. Pone en evidencia los límites civilizatorios de la sociedad capitalista contemporánea, al mismo tiempo que afecta la posibilidad de surgimiento de un proyecto alternativo. En efecto, el socialismo como perspectiva social con pretensión mayoritaria fue averiado hace tres décadas con la ruptura del orden bipolar. La experiencia cubana, así como la militancia de millones de personas en todo el planeta, lograron mantener viva la llama durante los adversos años noventa, pero nada más.

Pero el nuevo siglo trajo consigo innovaciones creativas, y la palabra socialismo volvió a resonar en Nuestra América y también fuera de ella. Los creativos aportes de los procesos de cambio en nuestra región generaron entusiasmo en todo el globo. Resultaba curioso que sea precisamente el territorio que parió el neoliberalismo, la región que sufrió las dictaduras genocidas de los años setenta del siglo pasado, la que avivara el fuego y pusiera a circular conceptos como los de «socialismo del siglo XXI», «socialismo comunitario» e incluso imaginara dimensiones de futuro recogiendo consignas de los pueblos originarios, tales como el «vivir bien» o el «buen vivir».

Más allá de los debates al interior de cada experiencia, y su mayor o menor inclinación a trascender las críticas al neoliberalismo como modelo para dirigirlas hacia el capitalismo como sistema, lo cierto es que estos procesos expresaban una acumulación de poder popular que amenazaba el orden social en su conjunto.

Ante tal amenaza, la reacción de la dominación local y global se abrió camino a través de desestabilizaciones que tomaron la forma de «golpes institucionales». La dinámica de restauración reaccionaria impuesta por «golpes de nuevo tipo» en Honduras (2009), Paraguay (2012), Brasil (2016) y Bolivia (2019), sumada a la que encontró su camino por vía electoral (casos de Argentina en 2015, Ecuador en 2019 y Uruguay en 2020), relativizó transitoriamente la expectativa de cambios profundos en la región.

La «nueva normalidad»

La emergencia del pueblo trabajador y la recuperación de sus viejas formas de organización –sindicatos, cooperativas, mutuales– junto a la resignificación de otras (entre las que resaltan los casos del movimiento de mujeres, los pueblos originarios, las luchas por la tierra, por el hábitat, en defensa del medio ambiente, por reformas agrarias, contra el patriarcado y toda forma de explotación…) constituían una amenaza latente.

La idea de una soberanía popular traía aparejadas una serie de nuevas lógicas productivas en lo alimenticio, lo energético y lo financiero, otorgando condición de posibilidad a un cambio estructural en el modelo productivo. Una nueva arquitectura financiera, sustentada por movimientos populares y gobiernos, ofrecía la posibilidad de financiamiento alternativo y reorientaba el rumbo económico y social.

Una agenda política y social como aquella era inadmisible para los poderes establecidos. Debía ser obturada. Así es que, pocos años más tarde, nuestro presente nos devuelve un mapa de la región coloreado hacia a la derecha; nos sitúa en la cruda realidad de un retroceso socioeconómico y político considerable en toda América Latina y el Caribe, que ahora se potencia producto del impacto de la pandemia.

Con información hasta el 30 de junio del 2020, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) actualizó el impacto regional de la situación económica, afectada por el receso derivado del COVID-19.

Para el conjunto de la región, el informa proyecta «una caída promedio del PIB del 9,1% en 2020, con disminuciones del 9,4% en América del Sur, el 8,4% en Centroamérica y México, y el 7,9% en el Caribe, sin incluir Guyana, cuyo fuerte crecimiento lleva el total subregional a una caída del 5,4%».

Sudamérica es la zona más afectada: con datos por encima del promedio, para Brasil se prevé una caída del 9,2%, para la Argentina del 10,5%, para Perú del 13% y para Venezuela la peor de todas, rondando el 26%. La fuerte contracción en 2020 se traducirá en una caída del PIB per cápita regional del 9,9%. Luego del estancamiento observado entre 2014 y 2019 (cuando el crecimiento promedio anual fue de solo un 0,1%), «esta caída del PIB per cápita implica un retroceso de diez años: su nivel en 2020 será similar al registrado en 2010».

El mercado laboral será fuertemente impactado. Según la CEPAL, la tasa de desocupación regional se ubicará alrededor del 13,5% al cierre de 2020, «lo que representa una revisión al alza (2 puntos porcentuales) de la estimación presentada en abril de 2020 y un incremento de 5,4 puntos porcentuales respecto del valor registrado en 2019 (8,1%). Con la nueva estimación, el número de desocupados llegaría a 44,1 millones de personas, lo que representa un aumento cercano a 18 millones con respecto al nivel de 2019». Por si quedara alguna duda, el informe aclara que «estas cifras son significativamente mayores que las observadas durante la crisis financiera mundial, cuando la tasa de desocupación se incrementó del 6,7% en 2008 al 7,3% en 2009 (0,6 puntos porcentuales)».

Pero eso no es todo. La CEPAL también proyecta que el número de personas en situación de pobreza se incrementará en 45,4 millones de personas en 2020, pasando el total en la región de 185,5 millones en 2019 a 230,9 millones en 2020. Esa cifra representa el 37,3% del total de la población latinoamericana. Dentro de este grupo, la cantidad de personas en situación de pobreza extrema se incrementaría en 28,5 millones (pasando de 67,7 millones de personas en 2019 a 96,2 millones en 2020, lo que equivale al 15,5% del total de la población). De acuerdo al informe, «los mayores incrementos de la tasa de pobreza (de al menos 7 puntos porcentuales) se producirían en la Argentina, el Brasil, el Ecuador, México y Perú».

Ante la pandemia, el poder ha buscado generar rápidamente las condiciones para profundizar las líneas del ajuste fiscal y la reestructuración regresiva de las relaciones sociales, especialmente en materia laboral y previsional. La situación de cierre de las economías producto de las medidas de aislamiento convocó a acelerar los procesos de cambio laboral (como en los casos del teletrabajo o el trabajo a distancia), flexibilizando las condiciones laborales y apuntando incluso a disminuir el costo laboral y el ingreso de las/os trabajadoras/es. Se generalizó, además, el uso de plataformas virtuales que, sea para el comercio electrónico o para la distribución, se caracterizan por niveles exacerbados de explotación y bajos salarios.

Esa es la «nueva normalidad» con que las fuerzas del capital buscan definir los tiempos de la pospandemia.

La salida está a la izquierda

El 2019 terminaba con el golpe en Bolivia pero también con un enorme despliegue de lucha protagonizado por el pueblo chileno, particularmente su juventud, que despertó las expectativas de una sociedad rebelada en el territorio que dio origen a la ofensiva capitalista contemporánea del neoliberalismo. El ejemplo chileno se expandió, y lo que parecía ser un fin de año caracterizado por una ofensiva conservadora aplastante e inapelable no lo fue tanto. Matizaron el panorama la movilización del pueblo ecuatoriano contra el ajuste inspirado en los acuerdos con el FMI, los reiterados levantamientos del pueblo de Haití, la batalla en Colombia y las expectativas generadas a partir de la victoria de Andrés Manuel López Obrador en México y la derrota de Mauricio Macri en la Argentina.

La situación actual empuja a discutir el presente y el horizonte de los países de Nuestra América. Torna evidente la necesidad de un imaginario emancipador común que tenga como base la crítica al capitalismo y, como horizonte, la emancipación social y el socialismo. Sea por los datos económicos y sociales que arroja la historia reciente, sea por la adversa coyuntura pandémica que vivimos hoy (y el efecto recesivo que tiene sobre nuestras economías), el retroceso civilizatorio es enorme.

Nuestra región vive tiempos en los que la batalla entre la consolidación de la ofensiva derechista y las posibilidades de detenerla se dirimen día a día. Pero si de algo saben los pueblos latinoamericanos es de resistencia, y Nuestra América se empecina en no rendirse ante el colonialismo.